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Del «carosello» al tiovivo: breve historia del carrusel

Caballitos, tiovivo, carrusel, calesita. Tiene tantos nombres como generaciones lo han disfrutado. La historia del carrusel empieza muy lejos de las ferias: en un campo de entrenamiento para jinetes.

Un juego de guerra

Según el relato más extendido, los cruzados conocieron en el siglo XII un ejercicio que practicaban los jinetes árabes y turcos. Cabalgaban en círculo y se lanzaban bolas de arcilla perfumadas que había que atrapar al vuelo. Italianos y españoles lo llamaron carosello o carosella, «pequeña guerra».

El juego llegó a las cortes europeas y se convirtió en espectáculo. En Francia, los carrousels eran exhibiciones ecuestres con música y vestuario que sustituyeron a los torneos. El más célebre lo organizó Luis XIV en 1662 frente al palacio de las Tullerías, en el lugar que todavía hoy se llama plaza del Carrusel.

De los caballos de verdad a los de madera

Una de las pruebas consistía en ensartar una anilla con la lanza a pleno galope. Para practicarla sin cansar a los caballos se ideó, hacia finales del siglo XVII, un artilugio giratorio con caballos de madera colgados de unos brazos. Lo movían a mano o con un animal de tiro.

La nobleza entrenaba y el pueblo miraba. El invento no tardó en aparecer en las ferias, ya sin lanzas, como simple diversión. Durante el siglo XVIII y buena parte del XIX, los carruseles se extendieron por toda Europa.

El vapor lo cambió todo

En la Inglaterra de la década de 1860 a alguien se le ocurrió acoplarle una máquina de vapor. Los carruseles pudieron ser más grandes, más pesados y más rápidos. En las décadas siguientes llegó el mecanismo que hace subir y bajar a los caballos imitando el galope, y con él los órganos de feria y las luces.

Entre finales del siglo XIX y los años treinta del XX el carrusel vivió su edad de oro. Talleres de tallistas de Europa y Estados Unidos competían por hacer los caballos más elaborados.

¿Y por qué «tiovivo»?

La palabra tiene leyenda propia. Cuenta la tradición madrileña que, durante la epidemia de cólera de 1834, un feriante llamado Esteban Fernández fue dado por muerto. Camino del cementerio se incorporó gritando que estaba vivo. Desde entonces fue «el Tío Vivo», y sus caballitos heredaron el nombre.

Sea o no cierta, la historia explica bien el cariño con que se mira a esta atracción.

Una tradición que sigue girando

Nuestro nombre, Carosella, recuerda a aquella vieja palabra. Y nuestro carrusel sigue la tradición clásica: 7 metros de diámetro, suelo de madera pulida y decorado a mano con motivos venecianos.

Si quieres que forme parte de tu próximo evento en Asturias, conoce nuestro carrusel o pídenos presupuesto.

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